Capítulo Tercero

Por Juan Ordoñez

¡Buenas y santas, Lector! Volvemos a encontrarnos luego de una semana de las más tranquilas del año, no siempre se puede disfrutar de cuatro días  no laborables. Al menos yo, pude descansar de mi ardua jornada laboral de todos los días. Bueno, en realidad esto es una falacia, no es tan ardua, pero es trabajosa. Bueno, en realidad no es trabajosa, pero es tediosa. Vale, no es tan grave mi trabajo. Dejemos de dar vueltas y vamos a lo que nos compete.

En esta entrega, voy a dar detalles de ese día tan fatídico que fue… El día del merquero. ¿Se acuerdan que en la primera entrega dije que dejé demorado a un gediento en la estación de Alejandro Korn? Bueno, se viene esa historia. Resulta que era mi primer día de trabajo en mi nuevo empleo, y estaba llegando tarde. ¿Cómo? Si, estaba llegando tarde. El subte se demoró como una hora varado entre dos estaciones sin señal de celular, y no contento con eso, el tren que me lleva a Korn se descompuso y me dejó en la estación de Burzaco o Longchamps, no me acuerdo bien, pero nos dejó a todos esperando el tren siguiente, que, claramente, llegó sólo hasta Glew, por lo que tuve que seguir esperando al siguiente que me llevara hasta Korn. Mi madre, de Korn, me dijo que me alcanzaba ella en auto hasta San Vicente, pero no pudo ser, ya que cuando la llamé, ella estaba alteradísima por algún motivo que desconozco y que ella no recuerda, por lo que tuve que esperar el colectivo que me llevó al vecino pueblo de San Vicente. Llegué a mi trabajo y mi jornada procedió con normalidad. A todo esto, tenía que llegar a las diez de la mañana, pero terminé llegando pasada la una de la tarde.

Terminada mi jornada laboral, tomé nuevamente el colectivo a Korn, y procedí a esperar el tren a Constitución. En la estación, cuando empezó a llenarse de gente, me encontré en la situación de que un tipo alto, flaco, desdentado y con la ropa sucia me codeara. Yo estaba con auriculares y me resultó raro el acercamiento, aunque tenía claro que no quería robarme, hubiera sido una idiotez en un lugar tan concurrido. No. No quería robarme, creo que quería hacer una gracia, porque lo miré, el tipo miró a una mujer que estaba sentada con un nene en un banquito, y se le acercó y la mujer, asustada, se levantó y se fue. Y el gediento se reía. Yo me di cuenta de que estaba bajo los efectos de algún narcótico. Aún así, me molestó mucho su actitud, porque estaba resultando molesto, incómodo para la gente, y además actuaba con malicia, ya que no hay diversión en asustar a la gente, y mucho menos  a una mujer que se siente indefensa por las situaciones que se viven diariamente en nuestro país. Por lo tanto, no me arrepiento de lo que hice a continuación.

Fui con la mujer, y empecé a hablar con la gente que había allá en la estación, donde estaba la mujer asustada. Me contó que este tipo la venia acosando desde hacía un rato ya. Entonces llamé a uno de los flacos del ferrocarril, los empleados ferroviarios, y le dije que llamara a los policías que generalmente custodian la estación. Primero llegaron dos policías locales, que empezaron a preguntar qué pasó, a lo que les expliqué lo que había pasado, y no sólo eso, sino que les dije que me siguieran y les marqué al gediento. No tenía más intención que que lo levantaran en peso, pero el gediento se puso nervioso evidentemente. Ahí mis pensamientos fueron por el lado del alcohol (pero no tenía olor) o de la cocaína. En definitiva, resulta que después de esos dos locales, llegaron otros dos policías locales, y no contentos con eso, llegó también uno de la Federal. Ahí me molesté con ellos. ¿Realmente se necesitan cinco policías para poder contener a un gediento?

El tren llegó, arrancó, y pude ver por la ventana como el gediento seguía ahí con sus cinco acompañantes, que planeaban llevárselo a la comisaría de Korn. Mal o bien, creo haber hecho lo correcto, ese tipo no pudo seguir molestando a la mujer, y ella quedó muy agradecida conmigo, lo mismo que los que vieron lo que hice. Llegando a mi casa vi una situación similar, donde un tipo evidentemente alcoholizado se le acercó a una mujer en la parada del colectivo donde estábamos los dos solos, le dijo algo que no alcancé a escuchar, la mujer se alejó un paso, el tipo me vió y se fue. La verdad, no es que me haya pasado algo particularmente malo además de las usuales molestias inconvenientes por el mal servicio del transporte público, pero la verdad sea dicha: Para el gediento ese fue un día de miércoles.

Author: Juan Ordoñez

No me hagas ninguna pregunta y no voy a tener que mentirte.

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